IDENTIDAD DEL CATEQUISTA CURSO 2016-2017

IDENTIDAD DEL CATEQUISTA CURSO 2016-2017

 

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I.-LOS CATEQUISTAS QUE QUIERE EL PAPA FRANCISCO

PENSAMIENTOS DEL PAPA FRANCISCO A LOS CATEQUISTAS


1.
   Catequistas modelos de Fe: Todos, al hacer memoria de nuestro propio proceso personal de crecimiento en la fe, descubrimos rostros de catequistas sencillos que, con su testimonio de vida y entrega generosa, no ayudaron a enamorarnos de Cristo.

 2.     Catequistas que viven el encuentro personal con el Señor: Toda vocación, mucho más la del catequista, presupone una pregunta: ¿Maestro, dónde vives? Ven y verás… De la calidad de la respuesta, de la profundidad del encuentro surgirá la calidad de nuestra mediación como catequistas. La catequesis necesita de catequistas santos, que contagien con su sola presencia, que ayuden con el testimonio de su vida.

3.    Catequistas que busquen el encuentro personal y vivo a través de la Eucaristía: Todos experimentamos el gozo, como la Iglesia, de ésta presencia cercana y cotidiana del Señor Resucitado hasta el fin de la historia. Misterio central de nuestra fe. En la visita y la adoración al Santísimo experimentamos la cercanía del Buen Pastor.

4.    Catequistas que combatan la miopía espiritual: Estamos en tiempos de miopía espiritual que hace que se quiera imponer como normal una cultura de lo “bajo”, en que parece no haber lugar para la trascendencia y la esperanza. Hoy más que nunca, surge el deseo del hombre: “Queremos ver a Jesús”. Muchos rostros que, con un silencio más decidor que mil palabras, nos formulan este pedido.

5.   Catequistas adoradores: Porque adorar es postrarse, reconocer desde la humildad la grandeza infinita de Dios. Sólo la verdadera humildad puede reconocer la verdadera grandeza. Adorar es decir AMEN.

6.   Catequistas conscientes de ser vasijas de barro: Con la misma mirada contemplativa con

 la cual hemos descubierto la cercanía del Señor de la historia, reconozcas en tu fragilidad el tesoro escondido, que confunde a los soberbios y derriba a los poderosos. Abraza tu fragilidad, reconoce tu barro, así darás culto, sólo al verdadero Dios.

7. Catequistas audaces y fervorosos. Implica navegar mar adentro: Audacia que nos lleva a anunciar a Jesucristo con toda nuestra vida. En esta espiritualidad de navegar, existe la tentación de traicionar la llamada a marchar como pueblo, renunciando al mandato de peregrinación como pueblo, para correr alocadamente la maratón del éxito. De esta manera nos sumaremos a la cultura de la exclusión, en la que sobra el anciano, el niño, donde no hay tiempo… Hace falta mucha audacia para trabajar unidos a la Iglesia y contra la corriente, confiados en la invitación a renovar el fervor de la audacia apostólica, en comunión y unión al sacerdote y los pastores.

8.   Catequistas, hombres y mujeres que anuncian cómo es el Señor: Ser catequista no es enseñar catequesis, sino es, desde tu pecado, dejarte mirar por Jesús que te salva, y llevar esa alegría de la salvación a todos los demás explicándoles como es el Señor, pero que sea realmente Señor de los catequizandos. Para lo que hay que ayudarles a rezar en profundidad, adentrarse en sus misterios, a gustar de su presencia…

9.    Catequistas de este tiempo: Somos catequistas de este tiempo, de esta Iglesia. Y, por ser catequistas de este tiempo marcado por la crisis y los cambios, no hemos de avergonzarnos de proponer certezas… No todo está en cambio, no todo es inestable, no todo es fruto de la cultura o el consenso. Hay algo que se nos ha dado como don, que supera nuestras capacidades, que supera todo lo que podamos imaginar y pensar. El catequista ha de vivir lo que nos dice S. Juan: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.

10.    Catequistas que salgan a “LA PERIFERIA´*: Animados a pensar la pastoral de la periferia, desde aquellos que están más alejados, de los que habitualmente no concurren a la parroquia. Ellos también están invitados a la Boda del Cordero. Dios los ha llamado a ser sus catequistas, en esta Iglesia, para que sean parte y protagonistas de la asamblea, no para manejar, ni imponer, gobernar, mandar, o buscar enfrentamiento y lucha, sino para hacer juntos la apasionante experiencia de dar a conocer a Cristo, y dejar que sea Dios quien escriba la historia.

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