LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS DE NAZARET


 







LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS DE NAZARET


INTRODUCCIÓN: 
   Los Evangelios no son vidas ni biografías de Jesús. Son Catequesis de la Comunidad cristiana a la luz de la Resurrección.  Se ha escrito que los Evangelios son «relatos de la Pasión precedidos de una larga introducción»  (M. Kahler). 
 
    Habrá que afirma dos planteamientos básicos: 
1.-La pasión de Jesús de Nazaret es contemplada  a la luz de la Resurrección.
2.-La Pasión es leída/interpretada a la luz del Antiguo Testamento, por esta razón, la narración de la Pasión se encuentran intercaladas múltiples alusiones a textos del AT.
    Dos de ellas de especial importancia, porque iluminan teológicamente todo el arco del acontecimiento de la Pasión: Salmo 22 e Isaías 53. 
   El sentido de la meditación de la Pasión y muerte de Jesús tiene un valor SOTERIOLÓGICO: “Murió por nosotros y por nuestros pecados”. Y, en el lenguaje neotestamentario la muerte de Cristo se con contempla como sacrificio expiatorio (limpia los pecados) y como acto redentor (libera del mal). 
    Afirmar que la Pasión es interpretada y leída a la luz del Antiguo Testamento supone que hay que buscar las claves en las mismas Escrituras. Por esta razón, la muerte de Jesús es interpretada como la muerte del Profeta, del Justo injustamente tratado y del Siervo Sufriente (Is 53, sal 69).
 
LA MUERTE DE JESÚS
 
 
   Desde el principio la muerte aparece como una amenaza en la vida de Jesús. El éxito-fracaso, simpatías-hostilidad, seguidores-enemigos se mezclan desde el principio en la vida de Jesús. Prácticamente no tuvo tiempo de triunfar y desde el principio de su Ministerio pública traman su muerte. 
      A través de la lectura de los Evangelios Sinópticos y de San Juan, contemplamos que la muerte atroz de Jesús no puede desligarse de su vida y de su predicación. Su pasión es el culmen de una existencia, marcada por la total entrega a hacer presente el Reino de Dios.
   Su muerte violenta fue una consecuencia de su obrar, de su pretendida autoridad que había caracterizado su vivir, su relativización de la Ley y del Templo,  su “descarada libertad”, su nueva imagen de Dios como Abba, su cercanía con los pecadores y excluidos,  su exigencia de conversión, su crítica profética contra los dueños del poder socio-religioso-político… Su vida provocó el conflicto y la oposición de las autoridades judías y romanas. En definitiva, “su tiempo le pasó la factura” (Hans Küng). 
   No buscó la muerte pero pudo preveer su muerte meditando la muerte de los profetas, de Juan Bautista y la radicalidad de su mensaje.
 
 
SUBIDA A JERUSALÉN
 
 
   Según los Evangelios, el desenlace lo que desencadena la subida de Jesús a la Ciudad Santa, Jerusalén. 
   Los Evangelios Sinópticos nos informan de una Pascua celebrada por Jesús en Jerusalén, Sin embargo, el Evangelio de San Juan refiere que Jesús celebró tres fiestas de Pascua durante su vida pública:  
*Una en relación con la purificación del templo (2,13-25)
*Otra con ocasión de la multiplicación de los panes (6,4)
*Otra, la Pascua de la muerte y resurrección (12,1; 13,1)
 
   Según los cuatro evangelios, Jesús fue con sus seguidores a Jerusalén para celebrar allí la fiesta de Pascua: ” Entró a lomos de un asno,   para que se cumplieran las palabras del profeta Zacarías  “He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de una bestia de carga”. (Zac 9,9)
   Fue recibido por una multitud, que lo aclamó como “hijo de David“, una proclamación mesiánica gritan palabras del Salmo 118. 
   Jesús entró cubierto de humildad, montado en un asno, y no como los grandes militares y reyes, que entraban en caballos. 
   Jesús no sólo encontró en Zacarías la imagen del rey de la paz que llega sobre un burro, sino también la del pastor herido que, con su muerte, trae la salvación. La Iglesia naciente pudo ver en la Entrada de Jesús la representación anticipada de lo que ella misma hace en la liturgia:  Así como el Señor entró en la ciudad Santa a lomos de un asno, la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino  (Didaché, Benedicto XVI…) 
 
EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO
 
   Según los evangelios sinópticos, a continuación fue al Templo de Jerusalén 
y expulsó de allí a los cambistas y a los vendedores de animales para los sacrificios rituales (Mt 21; Lc 19; Mc 11). En cambio, el Evangelio de San Juan,  sitúa este episodio al comienzo de la vida pública de Jesús, y lo relaciona con una profecía sobre la destrucción del Templo (Jn 2).
      Jesús, según los Evangelios, usa una cita del profeta Jeremías: “Habéis hecho de mi casa una cueva de bandidos” (Jer 7,11).  Y recordemos que Jeremías aboga por la unidad entre el culto y la vida en la justicia delante de Dios, y la no politización de la fe. 
    Jesús realiza este gesto profético en el Templo abogando por su única mediación válida entre el hombre y Dios: “Destruid este templo y yo en tres días lo levantaré” (Jn 2,19). En definitiva, la señal que establece el culto verdadero es su Cruz y su Resurrección. Ha llegado el momento de adorar a Dios en “espíritu y en verdad”, y el verdadero Templo es Jesús. 
 
CENA PASCUAL
 
 
 
    Se conservan cuatro relatos ―los tres de los sinópticos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,14-20) y el de San Pablo (1 Co 11,23-26). Según el relato de San Juan, al comienzo, en un gesto cargado de significado, Jesús lava los pies a sus discípulos dando así ejemplo humilde de servicio (Jn 13,1-20). 
   Según los Evangelios Sinópticos la Cena de despedida fue una Cena Pascual en el 15 de nisán,  mientras que en San Juan no, queriendo presentar a Jesús como el Cordero Pascual que se inmola por todos en el 14 de nisán.  
   Muy pronto fue considerada la Última Cena como la Pascua de Jesús, donde no sólo anunciaba su muerte, sino que  incluía en los dones eucarísticos también una anticipación de la cruz y la resurrección.
   Los gestos y las palabras de Jesús dieron lugar al Sacramento y que constituyen el núcleo del nuevo rito: «Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: —Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19). 
 
GETSEMANÍ
 
 
   La agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos es un hecho afirmado, en los 4 Evangelios. Los evangelios nos presentan a Jesús al final como un pobre hombre, abandonado, despreciado por sus enemigos y amigos. Siente la ausencia y el abandono de Dios Padre, “Abba”. 
   Jesús cayó en tierra: La postura de oración que expresa la extrema sumisión a la voluntad de Dios, el abandono más radical a Él
   Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos y, de este modo, “cumplir la Escritura”.  En definitiva, hay una “ruptura en el seguimiento” de los discípulos: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26, 31).
 
TRAICIÓN DE JUDAS Y NEGACIÓN DE PEDRO

 

 

       Los Evangelios no tienen reparo en subrayar que los Apóstoles no estuvieron a la “altura de las circunstancias” y hablan de abandono y dispersión. 
     Especialmente dolorosos son la Traición de Judas y la Negación de Pedro, dos personas pertenecientes al grupo íntimo de Jesús. 
      Judas rompe la amistad con Jesús y parece que desconfía de él. Es como si el Salmo 41 se hace realidad: “Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, el que compartía mi pan, me ha traicionado” (Sal 41,10)
      La Traición tiene un precio: 30 monedas de plata, y su posterior arrepentimiento se convierte en desesperación y tristeza, que le llevará a la muerte. 
Judas ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación.
     La negación de Pedro ante unos criados en la casa de Caifás supone un sufrimiento añadido de Jesús. En el mismo momento en que Caifás interroga a Jesús y le hace finalmente la pregunta sobre su identidad mesiánica, Pedro en el patio del palacio reniega de Jesús.
    Las palabras de Jesús de que le negaría antes de que el gallo cantara reaparecen de repente ante la mirada de Jesús. La mirada de Jesús llega a los ojos y al alma del discípulo infiel. Y Pedro, “saliendo afuera”, lloró amargamente (Lc 22,62)
 
PROCESOS JUDICIALES DE CONDENA A JESÚS
 
 
       Los Evangelios nos permiten distinguir tres etapas en el camino hacia la sentencia jurídica de condena a muerte: 
1-una reunión del Consejo en la casa de Caífás. 
2.-el interrogatorio ante el Sanedrín. 
3.-Proceso ante Pilato. 
 
       Hay dos procesos de condena a Jesús: 
1.-el proceso religioso  frente al Consejo en la Casa de Caifás y al Sanedrín  como blasfemo, envaucador, falso mesías, falso maestro que cuestiona las raíces de la religión judía (el templo, el sábado, las costumbres) e incluso relativiza la ley de Moisés. Se le condena en nombre de Dios.
2.-el proceso político frente a Poncio Pilatos como rebelde político, enemigo de Roma, incitador a la revuelta… Jesús había sido declarado culpable de blasfemia, un crimen para el que estaba previsto la pena de muerte.
   Jesús se había declarado a sí mismo Mesías, y de esta manera había reclamado para sí la dignidad regia
   La reivindicación de la realeza mesiánica era un delito político que debía ser castigado por la justicia romana. La acusación de que Jesús se había declarado rey de los judíos era muy grave. 
   Los reyes debían ser legitimados por Roma y obtener de Roma sus derechos de soberanía Un rey sin esa legitimación era un rebelde que amenazaba la pax romana y se convertía en reo de muerte. 
 
LA FLAGELACIÓN Y LA CORONACIÓN DE ESPINAS
 

 

   El momento previo a la crucifixión era terrible. La flagelación era el castigo que, según el derecho romano, se infligía como pena concomitante a la condena de muerte (Hengel-Schwemer) 
   Los evangelios nos hablan de la coronación de espinas por parte de los soldados como un acto de humillación y de burla hacia el reo que se proclama “rey”. El manto de color púrpura, la coronación de espinas y el cetro de caña lo atestiguan, unido a las bofetadas que les acompañan. 
 
CRUCIFIXIÓN  Y MUERTE
 
   No olvidemos que la Pasión y la Crucifixión es leída e interpretada a la luz del Antiguo Testamento, por esta razón, la narración de la Pasión se encuentran intercaladas múltiples alusiones a textos del AT. Dos de ellas de especial importancia, porque iluminan teológicamente todo el arco del acontecimiento de la Pasión: Salmo 22 e Isaías 53. 
   En el momento de la muerte, Jesús dirá algunas palabras, distintas en cada Evangelista.  Según San Marcos y San  Mateo, Jesús morirá con el Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado” (Mc 15,34; Mt 27,46); según San Lucas, Jesús morirá con el Salmo 31: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc
 23,34); y según San Juan, Jesús terminará con la expresión: “Todo está cumplido” “Está cumplido” (Jn 19,30). 
 
   Algunos autores han querido ver la referencia a la “túnica sin costuras” como una referencia a la dignidad de Jesús como Sumo Sacerdote, expuesto en la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena: No solamente muere el verdadero Rey de Israel, sino también el Sumo Sacerdote que cumple su ministerio Sacerdotal  (R. E. Brown).  
 
   La referencia al velo del templo que se rasgó en dos, de arriba abajo  (Mt 27,51; Mc 15,38; Lc 23,45) nos hace referencia a la única mediación de Cristo: La época del antiguo templo y sus sacrificios se han acabado, Jesús crucificado nos reconcilia a todos con el Padre, y nos manifiesta cómo Dios mismo en el Crucificado se ha manifestado como el que ama hasta la muerte 
 
   San Juan dirá que “de su costado salió sangre y agua (Jn 19,34). Es la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales. Estaba prescrito que no se les debía partir ningún hueso .  Jesús aparece como el verdadero Cordero Pascual que es puro y perfecto. 
   Los Padres han visto en el doble flujo de sangre y agua una imagen de los dos sacramentos fundamentales la Eucaristía y el Bautismo,  que manan del costado traspasado del Señor, de su corazón.  Ellos son el nuevo caudal que crea la Iglesia y renueva a los hombres.  (Benedicto XVI).
 
EL CRUCIFICADO HA RESUCITADO. 
 
   Todas las fuentes cristianas sin distinción afirman la resurrección de Jesús. Es más, la resurrección de Jesús es la afirmación cardinal de la fe cristiana. En 1 Cor 15,3-5 se afirma que “si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación no tiene contenido ni vuestra fe tampoco”.
   Los Apóstoles apelarán siempre a la experiencia pascual fundante de Jesús de Nazaret y la esencia misma de todo su predicación: Dios ha resucitado al crucificado y nosotros somos testigos. 

 

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