Semana Santa en el claustro

 LA SEMANA SANTA

OCTAVA DE LA PASCUA

 ¡CRISTO VIVE!

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En estos días de Pascua, la Iglesia se reviste de sus mejores galas, porque en ellas Cristo resucita, el triunfo de la vida, el  triunfo del Amado. Todos los que celebramos la Pascua podemos afirmar: ¡Cristo sí está aquí! <<Lo veréis en Galilea>>. Cada comunidad, nuestra comunidad es Galilea; donde se reúnen los que creen y los que aman es Galilea.

Él está aquí, en medio de nosotras, y nos habla corazón.

Él está aquí, nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. No temáis. Soy yo.

Él está aquí, se deja palpar, y exhala su espíritu en nosotros.

Él está aquí, y nos alimenta con su cuerpo.

Él está aquí, y nos renueva, nos pacifica, nos resucita.

Él está, y nos envía a ser testigos de su resurrección.

La Pascua de Cristo continúa, está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en nosotros, en cada persona, en nuestra sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte. Que la vida venza a la muerte, que el perdón supere a la venganza, que la alegría se imponga sobre la tristeza, que la solidaridad prevalezca sobre el egoísmo y la injustica, que la esperanza levante al desencanto.

En esta lucha estamos. Somos personas resucitadas y seremos sembradores de resurrección. Somos personas alegres, purificadas, esperanzadas, sembradores de resurrección. Desde el ocultamiento y el silencio de nuestro monasterio,  queremos formar un solo corazón y una sola alma, como fermento de la nueva Humanidad.

Pero hay todavía mucha muerte. Hay muchas lágrimas y sufrimientos; hay mucho odio y violencia; hay mucho vacío y desesperanza; hay mucha soledad y tristeza, hay mucha miseria y muerte en nuestro mundo… Es la antipascua.

En esta lucha estamos. Jesús está con nosotras, está con todos.  Su Espíritu no deja de alentar  la nueva vida. Que Él haga de nosotros cultivadores de nuevas pascuas, que ayudemos a Cristo a resucitar.

 

JUEVES SANTO

El Cáliz que bendecimos, es la comunión con la Sangre de Cristo

 

Comulgar con la sangre de Cristo,

es ser amigos hasta la sangre,

hasta dar la vida

por el amigo.

 

Comulgamos con la sangre de Cristo

con el riesgo de su Espíritu,

con el fuego de su amor,

con los sentimientos de su corazón:

unidos por la sangre,

la Savia Divina.

 

Comulgamos con la sangre de Cristo

es comulgar con la sangre del hombre,

vertida en todo los altares del mundo,

en todos los surcos de la tierra:

en los campos de batalla y en las calles del terror,

en las cárceles,

en las carreteras y en los hospitales,

un cáliz enorme, que se desborda,

caliz de bendición.

 

Comulgar con la sangre del hombre,

asumir las cusa de los mártires,

denunciar las injusticias asesinas,

aliviar las profundas heridas

hacer eucaristía con el dolor de todos los hombres.

 

Un solo cáliz en el altar, grande como el mundo,

con la sangre de Cristo, inocente,

con la sangre de todas las víctimas e invocaré el nombre del Señor.

 

 

 

DOMINGO DE RAMOS

 

Con el Domingo de Ramos, damos comienzo a la Semana de Pasión, la Semana Santa. Se acercan los grandes misterios de nuestra redención: la Pasión y Muerte del Señor. Dios nos entrega a su Hijo por amor y Él mismo se entrega a nosotros por amor.

Con los ramos de olivo lo aclamamos con rey y Mesías: un rey manso y humilde, montando en un pollino de asno. Es un rey que viene a traernos el amor y la paz.

Durante estos días benditos celebramos y vivimos con solemnidad el triunfo del amor sobre el dolor, el triunfo de la vida sobre la muerte, comulgando con los padecimientos del Señor hasta hacernos semejantes a él.

Durante estos días, vamos a orar y contemplar a Jesús, acompañándolo en su Pasión. Aunque nos puede resultar difícil contemplarlo, vamos a descansar en su Pasión porque Él ya se agotó para que nosotros descansáramos.

San Francisco de Asís oró y estudió tanto al crucificado que se lo sabía de memoria. Lo miraba con tanto amor que llegó a compenetrarse con Él. Aprendió a sufrir, a callar, a perdonar, a despojarse de todo hasta hacerse él mismo imagen vida y doliente de Cristo crucificado.

Miremos bien, contemplemos a Cristo crucificado para comulgar con él, para participar de sus mismos sentimientos de amor y entrega. << Me amó y se entregó por mí>> Y no sólo por mí; se entregó por todos como oblación y víctima de suave aroma. Se entregó por nosotros, se entregó por la Iglesia, se entregó por todo el mundo, murió por todos. <<Se entregó a sí mismo como rescate por todos>>

Contemplemos a Cristo para escuchar sus palabras: tengo sed de ti por quien he derramado mi sangre.