ESPECIAL SAN JOSÉ: PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL.







ESPECIAL SAN JOSÉ: PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL.

    Con corazón de padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «el hijo de José»[1].

    Los dos evangelistas que evidenciaron su figura, Mateo y Lucas, refieren poco, pero lo suficiente para entender qué tipo de padre fuese y la misión que la Providencia le confió.

    Sabemos que fue un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un «hombre justo» (Mt 1,19), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Después de un largo y duro viaje de Nazaret a Belén, vio nacer al Mesías en un pesebre, porque en otro sitio «no había lugar para ellos» (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos.

    Tuvo la valentía de asumir la paternidad legal de Jesús, a quien dio el nombre que le reveló el ángel: «Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Como se sabe, en los pueblos antiguos poner un nombre a una persona o a una cosa significaba adquirir la pertenencia, como hizo Adán en el relato del Génesis (cf. 2,19-20).

    En el templo, cuarenta días después del nacimiento, José, junto a la madre, presentó el Niño al Señor y escuchó sorprendido la profecía que Simeón pronunció sobre Jesús y María (cf. Lc 2,22-35). Para proteger a Jesús de Herodes, permaneció en Egipto como extranjero (cf. Mt 2,13-18). De regreso en su tierra, vivió de manera oculta en el pequeño y desconocido pueblo de Nazaret, en Galilea —de donde, se decía: “No sale ningún profeta” y “no puede salir nada bueno” (cf. Jn 7,52; 1,46)—, lejos de Belén, su ciudad de origen, y de Jerusalén, donde estaba el templo. Cuando, durante una peregrinación a Jerusalén, perdieron a Jesús, que tenía doce años, él y María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo mientras discutía con los doctores de la ley (cf. Lc 2,41-50).

    Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo. Mis predecesores han profundizado en el mensaje contenido en los pocos datos transmitidos por los Evangelios para destacar su papel central en la historia de la salvación: el beato Pío IX  lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica»[2], el venerable Pío XII  lo presentó como “Patrono de los trabajadores”[3] y san Juan Pablo II II como «Custodio del Redentor»[4]. El pueblo lo invoca como «Patrono de la buena muerte»[5].

    Por eso, al cumplirse ciento cincuenta años de que el beato Pío IX, el 8 de diciembre de 1870, lo declarara como Patrono de la Iglesia Católica, quisiera —como dice Jesús— que “la boca hable de aquello de lo que está lleno el corazón” (cf. Mt 12,34), para compartir con ustedes algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana. Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia, en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que «nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. […] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos»[6]. Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.

ESPECIAL: MARÍA DE NAZARET.







  ESPECIAL: MARÍA DE NAZARET.

Lo que la Iglesia enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.

Dios quiere la libre cooperación de la criatura. “Cómo puede ser esto, pues no conozco varón” (Lc 1,26ss)

La desobediencia de Eva contrasta con la disponibilidad de María “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,26ss)

María, una mujer de fe. “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?…Dichosa tú que has creído” (Lc 1,39ss)

María, una mujer en búsqueda. “Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te buscábamos angustiados” (Lc 2,48-50)

Ella señala siempre a Cristo. “Haced lo que os diga”(Jn 2,3ss)

María, madre espiritual de los creyentes “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,ss)

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LA PROFESIÓN DE FE DE LA IGLESIA CATÓLICA.







LA PROFESIÓN DE FE DE LA IGLESIA CATÓLICA.

 Lo que unifica a la Iglesia Católica es el Credo.La fe recibida en el Bautismo necesita ser profesada, celebrada, vivida y orada.Seguro que recitar la profesión de la Iglesia te refortalecerá la fe en Cristo.

JESÚS DE NAZARET ACOGE A LOS PECADORES.







JESÚS DE NAZARET ACOGE A LOS PECADORES.

1.-UNA PARÁBOLA MUY ESPECIAL. Lc 15,11-32

     La parábola del hijo pródigo es una de las parábolas más conocidas de Jesús.

   Aparece una sola vez en los Evangelios, en Lucas 15,11-32.  

   En este capítulo Jesús explicó tres parábolas sobre la misericordia de Dios: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo pródigo.  

   Las parábolas se manifiestan en un contexto específico:     Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».
(Lucas 15,1-2)    

   Jesús enseñaba a menudo con parábolas. Narraba una situación común para dar una enseñanza moral y aquí él aprovecha la oportunidad. 

   Los fariseos y maestros de la ley no entendían por qué Jesús dedicaba tiempo a personas que no tenían buena reputación. 

   Jesús les contesta con estas parábolas que tienen como tema recuperar algo perdido: una oveja, una moneda o un hijo.     

   Jesús quiere dejar claro que para él, para Dios, todos somos valiosos. También habla sobre la importancia del arrepentimiento y el gozo que este trae al corazón de Dios algo que vemos en el último versículo de la parábola.

   Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse (Lucas 15,7)    

 El final de la parábola de la moneda perdida expresa el mismo sentir: Les digo que así mismo se alegra Dios con sus ángeles por un pecador que se arrepiente (Lc 15,10)

LA ALEGRÍA DE SER CRISTIANO.







           LA ALEGRÍA DE SER CRISTIANO.

 Ser cristiano es un gran don para la vida de una persona y la perfección de todo lo verdaderamente humano.

 ¿Quieres ser y vivir en cristiano?

 ¡¡Apúntate!!

VÍA LUCIS-CAMINO DE LA LUZ.







VÍA LUCIS-CAMINO DE LA LUZ.

    El “Vía Lucis”, «camino de la luz», es una devoción que nos ayuda a recorrer, siguiendo los relatos evangélicos, la andadura de Cristo Resucitado hasta Pentecostés

    La devoción del “Vía Lucis” se recomienda en el Tiempo Pascual y todos los domingos del año que están muy estrechamente vinculados a Cristo resucitado.

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